lunes, 28 de febrero de 2011

La Magua

Le habían dicho que no fuera.  Haciendo caso omiso a las innumerables advertencias que escuchó, esa noche salió acompañado sólo de una afilada luna menguante, cuyo reflejo era más bien un suspiro.  Siguiendo el hipnótico fulgor de un puñado de luciérnagas que le precedía, se internó en el monte.  Sin importarle el implacable apetito de aquellos zancudos que parecían murciélagos,  continuó firme en su camino.  Debía llegar a la ciénaga. Ahí a la medianoche salía la Magua y tenía que verla.  Al cabo de un rato se dio cuenta que las luciérnagas se habían ido; la ciénaga estaba frente a él, extensa, revestida por aquella fosforescencia sobrenatural que la noche le brindaba.  Se acercó a su orilla y gritó a todo pulmón: “¡Magua!”
Nada.  Volvió a gritar aquel nombre prohibido.  Un viento frío que le llegó a los huesos fue la única respuesta que obtuvo. Cuando se disponía a irse un movimiento en la tranquilidad del agua llamó su atención.  Lo que parecía ser la cabeza de una mujer emergió a la superficie profiriendo un horrible chillido que estremeció el ambiente.  Volvió a hundirse y a los pocos segundos mostró una dorada cola de pez que refulgió en la oscuridad. 
Cuenta la leyenda, que el hombre que logre arrancar tan sólo una de las escamas de oro de la cola de la Magua será el más rico de la tierra.  Hasta ahora nadie en aquel pueblo lo había conseguido y a los que lo habían intentado jamás se les volvió a ver. Pero él, aunque en aquel momento le temblara hasta el alma, iba a cambiar la historia.  Con el corazón agitado, entró a la ciénaga y nadó hasta llegar al sitio donde la había visto.  Se sumergió tratando de verla en la turbiedad de aquellas aguas, y ahí estaba, mirándolo, como retándolo a un duelo.  Ella esperaba que la persiguiera, como quizá habían hecho los otros, pero no lo hizo, se quedo quieto, todavía podía aguantar un poco más la respiración.  La Magua se acercó, la imagen de su cabello enmarañado lleno de lama y sus ojos de reptil, le aterrorizaron.  Estaba frente a él, muy cerca. 
En ese momento, sin saber de dónde sacó el valor, besó aquellos labios tan fríos como los de un muerto y puso su mano en una de esas gélidas tetas.  Aprovechando la sorpresa por parte de ella, con la otra mano arrancó rápidamente una escama de su resbaladiza cola y nadó hacia la superficie con todas sus fuerzas, acompañado por el espantoso chillido que lanzaba aquella criatura.  No sabía cómo, pero llegó a la orilla; estaba asustado y al mismo tiempo lleno de alegría, en su mano abierta destellaba la escama de oro, iba a ser muy rico.
Se sentía cansado y la ropa húmeda le molestaba, decidió desnudarse y se tumbó en el suelo.  Pudo ver encima de él otra vez a las luciérnagas revoloteando, listas para escoltarlo de regreso.  Pero un cansancio infinito le embargaba, tenía todos los músculos del cuerpo rígidos, no podía moverse y la respiración se le dificultaba.  Con horror comprendió que estaba muriendo.  Las luciérnagas desistieron al fin, perdiéndose en la oscuridad de los matorrales.
A la mañana siguiente dos pescadores se sorprendieron al ver en la orilla de la ciénaga el pescado más grande que jamás habían visto en su vida.  Al abrirlo para empezar a componerlo, se dieron cuenta, maravillados, que en lugar de tripas sólo había miles y miles de pepas de oro.

lunes, 14 de febrero de 2011

Continuidad de los parques, de Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías, volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito, de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.