Parte 2
El anciano no pudo evitar sonreír, aquel niño si que era despierto, pensó.
- A ver, José, lo que pasa, es que a Dios a veces se le olvida llamar a algunas personas, es que como somos tantos en este mundo, pues, es lógico que se le pase alguna. Además Dios llama sólo gente que él necesite, a mí como que no me ha necesitado todavía.
- ¿Entonces a mi no me necesita?
- No. Tu primero tienes que aprender algo aquí en el mundo, para que Dios pueda necesitarte y así trabajar con Él. A ver, dime, ¿qué hacía tu papá? ¿en qué trabajaba?
- Carpintero – exclamó el niño.
- Carpintero, que bien, por eso lo llamó. Es que como allá arriba también hay mucha gente, entonces Dios necesitaba a tu papá para que le ayudara a construir casitas de madera para toda esa gente.
- Entonces yo voy a ser carpintero también – dijo José tratando de sonreír – Así puedo ayudarle a mi papá y a Dios.
- Eso está muy bien, José, por eso, no estés triste, tu papá está haciendo algo importante, le está ayudando a Dios.
El niño asintió y el anciano volvió a ponerse de pie. Ahora había mucho en que pensar, ¿qué iban a hacer? ¿para dónde iban a ir? El próximo autobús no volvería a pasar sino hasta la mañana siguiente a las doce del día. Tendrían que pasar la noche en el desierto. La sola idea estremeció al anciano. La única solución sería que la tardanza del bus accidentado alertara a las autoridades de Buena Esperanza y mandaran una cuadrilla de hombres a investigar, pero conociendo la negligencia imperante en ese pueblo lo más factible es que esperaran hasta mañana.
- ¿Y que vamos a hacer? – pregunto el niño - ¿Nos quedaremos aquí?
- Si, es mejor no movernos mucho, como todos estos buses hacen el mismo recorrido, así el próximo nos encontrará más fácil.
- ¿Cuándo pasa el otro?
- Eh... yo pienso que... a ver, ¿qué hora será? Debe ser como la una; creo que el otro pasa por ahí a las... cinco – mintió el viejo.
- Tengo sed – dijo José, dando muestras de desespero.
- Yo también pequeño, pero no nos angustiemos, esperemos otro rato. Mas bien busquemos algo con que darnos un poco de sombra o este sol nos achicharrará.
De entre las cosas que quedaron regadas en la arena, encontraron una sábana casi intacta, unas ennegrecidas camisas y, milagrosamente, una bolsa de agua a medio tomar, la cual José tragó en un instante. Las esperanzas de encontrar algo de comer se esfumaron al ver que no había nada que tuviese aspecto comestible, exceptuando dos gallinas carbonizadas que no se veían nada apetitosas. Con dos trozos largos de madera que hallaron no muy quemados y la sábana armaron un rudimentario toldo, que por lo menos los protegería un poco del abrasante sol.
- Ven, José, ahora si sentémonos un rato bajo esta sombrita, mientras esperamos el bus.
- Tengo sed – replicó el niño sentándose a su lado, encima de las camisas rotas.
- Tranquilo, no te desesperes – le dijo pasándole un brazo por los hombros – Yo también tengo sed, pero me las aguanto hasta que pase el bus. Hagamos una cosa, el que aguante más la sed hasta que llegue el bus, se gana un premio.
- Pero... – balbuceó el niño.
- Vamos, José, no te me acobardes. Ya me di cuenta que yo me voy a ganar ese premio.
- ¿Y qué es el premio?
- Que te parece un helado bien grande, con sabor a chocolate y vainilla – exclamó el viejo sonriendo.
- ¡Sí! – exclamó José, riendo – Yo me lo voy a ganar. Ya no tengo más sed hasta que pase el bus.
- Así se habla.
Por un momento se quedaron callados, hasta que José pregunto:
- ¿Por qué tienes el cuello así? – refiriéndose a la arrugada piel colgante.
- Son arrugas, pequeño, es el desastre que hace el paso del tiempo en todos nosotros.
- Yo no tengo arrugas.
- Claro que no, José – rió el anciano – Todavía estas muy joven. ¿Cuántos años tienes?
- Siete – dijo mostrándole siete dedos.
- Imagínate, apenas estas empezando a vivir, y todo lo que te falta aún.
- ¿Tu cuantos tienes?
- Uff, muchos. Demasiados diría yo.
- ¿Yo me pondré así como tu, con arrugas?
- Claro, si te va bien en la vida, y Dios no te llama antes, serás un anciano feliz y dichoso.
- Así como tu.
- Bueno, digamos que sí. He tenido momentos alegres en mi vida, pero nunca he sido muy feliz que digamos – el anciano bajó la mirada.
- Yo si soy feliz – dijo José – Cuando mi papá se fue al cielo me puse triste. Ahora soy feliz otra vez, porque mi papá está ayudando a Dios.
- Y, cuéntame, quién te espera en el pueblo, ¿tu mamá?
- Sí, mi mamá. Ella me quiere mucho, lo mismo que a mi papá. Ahora mi mamá se va a poner triste...
- Si, José, por un tiempo estará triste, pero después volverá a ser feliz, porque te tiene a ti que eres su hijo a quien ella quiere mucho.
- ¿Tu tienes hijos?
Una sombra de tristeza oscureció por un momento la mirada del anciano.
- No, pequeño, desafortunadamente no tengo. Nunca me casé, desperdicié mi vida sólo en el trabajo y en fiestas sin sentido. Nunca le presté atención al matrimonio y mucho menos a tener hijos. Ahora me arrepiento tanto; es que llegar a esta edad y estar solo en el mundo es muy triste. Me hubiera gustado ser padre y luego abuelo, así por estos tiempos habría estado rodeado de nietos.
- Mis abuelitos se murieron – replicó el niño – Yo nunca los vi.
- Es una pena, José – el anciano lo miró con ternura.
- Mi mamá me decía que eran así como tu, con arrugas.
- Entonces estaban bien viejitos – sonrió.
- Tu puedes ser mi abuelito – exclamó el niño
Al oír aquellas palabras el viejo no pudo evitar que se le aguaran los ojos.
- Si, José, y tu puedes ser mi nieto – dijo abrazándolo.
Y así fueron transcurriendo los minutos y las horas, en donde el asfixiante calor trataba de ser olvidado a través de una alegre plática entre los dos, mientras el sol agonizaba en medio de un crepuscular sangriento. Una ráfaga de aire fresco se coló en medio de aquel árido entorno anunciando la pronta llegada de la noche.
- Mira, José – exclamó el anciano señalando al inmenso disco rojizo que se fundía en el horizonte – Es hermoso.
- ¿Por qué está rojo? – preguntó el niño lleno de curiosidad.
- Porque ya se está haciendo de noche y el señor sol va a dormir.
- ¿Ya son las cinco?
- Si, pequeño, ya son – mintió, calculando que debían ser más de las seis.
- ¿Cuándo va a venir el bus? Tengo hambre – dijo el niño con desespero.
- José, ¿En qué quedamos? Nada de quejas, sino no te ganas el helado y me lo gano yo. Fíjate que yo no me he quejado nada.
- Pero es que... – balbuceó con ganas de llorar – tu eres más grande...
- Ya, pequeño, no llores – le dijo, abrazándolo conmovido – Tranquilo que en cualquier momento aparece el bendito bus.
José se acurrucó a su lado tratando de no llorar, mientras el viejo rogaba en silencio porque se durmiera pronto.