lunes, 17 de enero de 2011

Viaje de ida


Parte 1

Un calor insoportable despertó a aquel aturdido anciano.  Por un momento no pudo recordar lo que había sucedido unos minutos antes.  De pronto, al levantar el rostro de aquella arena ardiente se dio cuenta de la magnitud de los hechos.  Un montón de hierros retorcidos y humeantes era todo lo que quedaba del viejo autobús que había tomado para atravesar aquel infernal desierto, ruta obligada de hora y media de recorrido, cuyo destino final era el pueblo de Buena Esperanza.  No tenía idea de cómo había ocurrido el accidente; él dormitaba en su asiento cuando de repente todo empezó a dar vueltas; recordó ver fuego y personas pegadas al techo del bus; maletas, ropa y hasta gallinas en llamas saliendo por las ventanas en medio del desastre; de alguna manera fue expulsado hacia el exterior antes que el vehículo colapsara por completo; y ahora estaba ahí, solo, perdido en aquel sofocante lugar.  Cerró los ojos deseando no ser el único sobreviviente de aquella tragedia. 
Cuando volvió a abrirlos vio frente a él dos pequeñas y flacuchas piernas, cuyos  pies calzaban  unos  gastados zapatitos de charol. El anciano levantó la mirada poniéndose una mano encima de los ojos para protegerse del calcinante sol, vio que un niño lleno de arena y polvo lo observaba lloroso, debía tener unos seis o siete años.
- Quiero a mi papi - sollozó
El anciano se incorporó, el niño parecía confundido, a lo mejor su papá había muerto; debía estar muy asustado el pobre.
- Cálmate pequeño – trató de tranquilizarlo, mientras le sacudía la arena de encima – Vamos, busquemos a tu padre.
Poniéndose de pie, tomó al niño de la mano y se acercaron a lo que quedaba del autobús.  En medio de los restos humeantes, cuerpos ennegrecidos cual macabras estatuas, daban funesto testimonio de que nadie más había sobrevivido.
- ¿Y mi papá? – le preguntó el niño con tristeza.
Sobrecogido por aquel dantesco espectáculo, el anciano sólo alcanzó a mentir sintiendo compasión por el pequeño.
- Tu papá debe estar... por ahí.  Él debió salir del bus así como nosotros.
- ¿Y donde está?
- Ven – le dijo – vamos a seguir buscándolo.
Ahora que miraba al niño, se percató de que ese era el chiquillo que iba a su lado en el autobús, éste iba sentado en las piernas de su padre; si, ahora podía recordarlo.
Después que llevaban varios minutos de caminata el pequeño exclamó quejumbroso:
- Yo creo que mi papá no está por aquí.
El anciano respiró hondo y se agachó mirando al niño directamente a los ojos.
- Dime, ¿cuál es tu nombre?
- José
- Bueno, José, debo decirte algo, tu papá ya no está aquí con nosotros, él  está  allá  arriba – dijo señalando el cielo.
- ¿Y por qué no me llevó con él?
- Ah... porque... porque Dios lo necesitaba urgente, necesitaba que le hiciera un trabajito, y lo necesitaba sólo a él.
- ¿Mi papá se murió?
Aquella mirada llorosa del pequeño le removió el corazón al anciano. 
- Si, José, tu papá murió, pero él todavía está por aquí – le dijo abrazándolo – Te voy a contar un secreto.  En realidad él está allá arriba. - El viejo señaló el ardiente sol.
José le lanzó una mirada de interrogante al anciano, como si no comprendiera.
- No se puede ver, quema en los ojos – dijo el niño.
- Si, es que el sol es muy, pero muy caliente.
- ¿Y mi papá no se quemará allá?
- Umm... - el viejo se quedó pensando un momento – No, lo que pasa es que él está detrás del sol, junto a Dios y por eso no se quemará nunca.
- Yo quiero que Dios me llame a hacer un trabajo, para estar con mi papá.
- No, como te parece que a ti no te llamará todavía. Tu estas muy jovencito. Él llama es a los mayorcitos, muy mayores.
- ¿Y a ti por qué no te ha llamado? – le preguntó extrañado.

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