jueves, 27 de enero de 2011

Viaje de ida

Parte 3

- Ven, José, arropémonos con esta sábana y las camisas, que va a hacer mucho frío.
Rápidamente deshicieron el rudimentario toldo, extendieron las camisas sobre la ya fresca arena y se acostaron cubriéndose con la sábana.
- Tengo hambre – lloriqueó el niño.
- Ya, José, no te desesperes.  Mejor mira el hermoso espectáculo en el cielo.
La enorme bóveda celeste se vestía en un profundo azul oscuro, casi negro, con infinitas incrustaciones de brillantes estrellas.  Y en medio de éstas el poético disco de plata, la diáfana luna, cubría a aquel inclemente desierto con su etérea luz.
- ¿Por qué hay tantas? – preguntó José.
- Te voy a responder lo mismo que me decía mi madre cuando yo estaba así de pequeño como tu y le hacía esa misma pregunta.  Ella decía que a todos nosotros, al nacer, Dios nos regalaba una estrella y la colocaba allá arriba en el firmamento y cuando moríamos regresábamos a ella para vivir ahí, bien cerquita del cielo.  O sea, José, que todas esas estrellas que tu ves ahí arriba son propiedad de cada una de las personas que han nacido y han muerto en este mundo.
- Entonces... ¿Mi papá, está arriba en su estrella?
- Si, pequeño, él está en su estrella, la que está justo al lado de la tuya y a la que volverás cuando vayas a hacerle compañía.
- Si, que bueno... – respondió José soñoliento, – Allá arriba... con muchos helados de chocolate...
El anciano respiro aliviado al darse cuenta que el niño se estaba durmiendo.  Ahora había que esperar hasta mañana, pensó resignado.  Ojalá esa cuadrilla de salvamento si llegue pronto y lo que era más importante, ojalá dicha cuadrilla si exista ya.  En su interior el anciano oró para que pudieran amanecer ilesos, ya que las noches en el desierto son extremadamente frías y los animales y bichos ponzoñosos abundan por doquier.  Con la mente ocupada en fatídicos pensamientos, fue quedándose dormido.  Se sintió caer en un abismo sin fondo, en cuyas paredes iba viendo, como en fotografías de un viejo álbum, todos los instantes de su vida, desde la felicidad de su niñez, pasando por las inquietudes de la adolescencia, el derroche y la agitación desenfrenada de su juventud, hasta llegar al ahora de su presente, un presente sin fondo como aquel abismo donde iba cayendo y donde podía escuchar la palabra “abuelo” de la boca de los nietos que nunca tuvo.
“Abuelo”, esta vez esa palabra se escuchaba un poco mas fuerte, un poco más real.  De pronto, abrió los ojos y se dio cuenta que ya era de día.  La mañana estaba fresca, el sol aún no hacía su calurosa aparición. Debían ser como las seis, pensó incorporándose.  Repentinamente, se percató de que el pequeño José no estaba a su lado; sobresaltado, iba a ponerse de pie, cuando vio al niño, como a cinco metros de distancia sentado en la arena y como si estuviera comiendo algo.
- ¡Abuelo! – le gritaba - ¡Esta dulce, pruébalo!
En ese momento, pudo ver que casi toda la extensión de arena que abarcaba con su mirada, estaba cubierta de algo parecido a jirones de blanco algodón.  Desconcertado, se sentó y alcanzó un poco de aquello con la mano.  Parecía algodón al tacto, se sentía como tal.  Maravillado con lo insólito de aquel suceso, se llevó el trozo de “algodón” a la boca, lo saboreó y sorprendido rió al descubrir de qué se trataba.  Era algodón de azúcar, de ese que venden en la calle envuelto en un palito; sólo que éste no tenía el sabor dulzón y empalagoso de la golosina callejera, sino que poseía un tenue sabor agridulce con un ligero toque a manzana madura.  Aquello era la cosa más deliciosa que el anciano había probado jamás, y había aparecido allí, en medio del desierto.  Aquello era un milagro, él no lo podía creer.  Sonriendo, se volvió a recostar con una mano bajo la cabeza, y con la otra tomó otro poco de aquel algodón prodigioso, y saboreándolo lentamente, fue quedándose otra vez dormido, soñando que caía de nuevo en aquel abismo sin fondo que tenía pedacitos de su vida pegados a las paredes.
El pequeño José, estaba tan entretenido saboreando aquel inesperado alimento, que no se percató del grupo de personas que se acercaba.  Era la cuadrilla de salvamento.
Sólo volteó a ver cuando escucho su nombre en el grito desgarrador de una mujer.  Era su madre, que corría trastabillando hacia él. Había venido junto con otros familiares de las victimas en una rustica camioneta alquilada para la búsqueda.
- ¡José, hijito! – gritaba abrazándolo llena de alegría.
- ¡Mamá! – exclamó, aún con la boca llena.
- José, hijito, ¿Estas bien? ¿Qué estas comiendo?
- Es algodón dulce, mamá, esta aquí en la arena.
Al no ver nada en ésta, la madre del niño se percató que su hijo estaba delirando. A lo mejor tuvo un espejismo, esas cosas suceden en el desierto, pensó.
- Ven, José, vamos a casa – dijo tomándolo de la mano.
- Mamá, mi papá se fue con Dios.
Ella no pudo evitar el llanto, recordando que debía reconocer el cuerpo de su marido, si es que era posible, como le había dicho uno de los rescatistas.
- Si, hijo... lo sé.
De pronto, el pequeño pareció recordar algo y soltando la mano de su madre, corrió hacia el lugar donde estaba su anciano acompañante.
- ¡Abuelo! – exclamó – ¡Te voy a mostrar a mi mamá!
Dos hombres que estaban agachados alrededor del viejo, revisándolo, se apartaron al ver llegar al niño.
- Abuelo, despierta – dijo sacudiéndolo por un pie; mientras que los dos rescatistas intercambiaban una mirada de compasión.
- ¿Abuelo? – lentamente se acercó al lívido rostro del viejo, tocándole la arrugada frente con suavidad, y entonces comprendió.
- Tu abuelo murió, pequeño – dijo uno de los hombres.
- Sí... Pero ahora esta allá arriba – exclamó José, señalando al cielo – Dios lo llamó para trabajar con Él y con mi papá. 

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